El resto de mi familia acabó de comer y yo no podía pasar del primer plato. Hacía remolinos con la cuchara en la sopa y jugueteaba con una tortilla.

Me quedé con ganas de comer aguacate porque dicen las malas lenguas que hace mal comerlo cuando uno hizo coraje. ¿Fue coraje? No lo sé, creo que fue más de eso. Es que aún no asimilo que fueron 8 goles en contra.

Te puedes preparar mentalmente para algo pero al momento de ocurrir te enfrentas casi desnudo a la experiencia.

Estaba casi seguro de que era imposible que el Barcelona venciera al Bayern. Pero desde que desperté antes del partido iba tomando mayor confianza y no tenía nada de racional.

Foto: Bayern Múnich

Empezó el partido y me espanté del ritmo. «Así, es una locura» bajen decibeles, pensé. 1-0, 1-1, pases de guante de Messi, fallas y el resto es historia. Hasta ahí llegó el Barcelona.

Tomaba por momentos el celular, soltaba algunos tweets pero todo aim abrir el feed. Llega un punto en el que te abrumas del amarillos y sensacionalismo y en mi cabeza ya leía algunos oportunistas textos, así que decidí no ver nada.

Acabó el juego. Me quedé en la sala. Solté algunas letras más y me puse a ver el partido de Cruz Azul femenil antes de ir a comer.

Línea del tiempo en mi cabeza, todo pasó y pensé que había retornado a los tiempos en los que me hice culé, de niño. Cuando vino la revolución de Guardiola.

Empecé a leer noticias sin abrir redes sociales todavía. Vi las declaraciones.

Atado al celular he pasado de una app a otra, contesto un mensaje. Veo algún video, contesto otro, cierro. Pongo una canción, la quito, busco algo más. En realidad no sé qué quiero encontrar. Sólo sé que mañana todo será más fácil. O que al menos la comida sabrá mejor.